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Hay ocasiones en que la criatura supera al creador, que salta de la fría materia para hacerse un hueco entre la sangre caliente, aunque liberada del handicap de la condición mortal. Y puede que para habitar por siempre «En cielo de Nadie», fabricando alientos, caricias, desiertos o lagunas.

Esa es la sensación que invade al contemplar algunas de sus obras, en las que inquietantes rostros observan el vacío aguardando pacientes, como un pequeño parásito, el momento de abalanzarse sobre nosotros e introducirse más allá de nuestra piel, produciendo un escalofrío agradable en esta época de calurosa indiferencia
Ahí están imponentes Samurai, Kamikaze o Geisha, negro sobre fondo blanco como un poema, lírica suspendida en el que vació, sin contexto en que sustentarse porque no encuentra un sitio ni en este ni en ningún otro lugar y son como fantasmas a los que solo algunos puede ver, sentir.

Ella comienza a darles forma entre los muchos entresijos de su mente, pero de pronto se le escapan de la mano, como aquel moderno Prometeo que desea ser libre y solo encuentra incomprensión, salvo a ojos inocentes exentos de prejuicios. Una incomprensión asumible, si no deseable. Una incomprensión comprensible, ya que la obra encierra un discurso cerrado, apenas contaminado por el exterior mediante diminutos poros que conducen al laberinto de su mente, un laberinto que siempre nos lleva a algún lugar, tal vez al verdadero, o quizá a sus antípodas. Pero ése es también el hechizo del arte, las mil máscaras sobre un rostro inexistente que no pone riendas a la interpretación.

«No deseo crear obras incomprendidas, aunque tampoco voy a dejarlas desnudas ante los ojos extraños de un público que las contempla, y al que no pretendo llegar de forma directa. Prefiero lograr una comunión con mis obras, y que éstas hablen con el espectador»



Libre albedrío, pues, a las sensaciones que produce la percepción de una singular obra que se materializa en una no menos singular técnica, ideada por inquietud de la artista:

«Es un nuevo modo de estampación, donde se mezclan las impresiones digitales con la pieza objetual; la película digital queda delegada a la matriz, y el poliéster se convi­erte en el soporte, dando como resultado piezas tridimen­sionales en las que el grabado queda incrustado. Es, en definitiva, la descontextualización de la materia»



Así se resumen una técnica de compleja creación , “que no llegó a mis manos sin más, no. Es fruto de más de seis años de investigación con las resinas y sus reacciones para con otros materiales. Unos estudios que han hecho falta para llegar al punto donde me encuentro: la práctica finalización del análisis que conlleva la creación de una nueva técnica de arte sin dejar de lado el elaborado proceso de creación y asentamiento de unas bases fuertes y robustas, donde flecos obsoletos o lagunas inesperadas no tengan cabida, evitando que estas puedan suponer un impedimento en la producción-elaboración- desarrollo de la misma. Un toque de modernidad, en fín, con unos resultados que rozan el escepticismo visual. Y sin obviar lo que realmente se está relatando” explica cristina.

Es difícil encontrar la lírica de la desolación, hay que despojarse de casquería emocional y lastres asimilados en nosotros como una segunda piel, que hay que tener valor para arrancar y convertirse un ser tal vez más indefenso pero más real.

Aquellas imágenes que de niña la sobrecogieron, y que la han acompañado sin hacer ruido quieren de pronto dar voces. Las víctimas y los verdugos insisten, y ella les otorga el protagonismo que un día les fue arrebatado, los salva de la marea de inocentes y culpables que desemboca en la nada, donde se disuelven para nutrir la fosa común de la Historia.

Y pasan entonces a mirarnos por encima del hombro desde el gran formato, casi a tamaño real, del que les dota, queriendo otorgarles la mayor veracidad. Pero luego se arrepiente, ¿parar qué revivir la desolación con desolación? Y es ahora cuando los paños tibios aparecen de la forma más insospechada y en los lugares más extraños.

Un atisbo de cielo, con nubes pero azul, una flor que rompe la aciaga certeza, unas ramas que curan la cálida herida del desierto, globos de colores en el horizonte, agua que se desliza en silencio, hierba fresca en la sien palpitante… un pequeño descanso para el guerrero que sabe que no hay tregua posible para él, que es tan lobo como aquél que le devoró las entrañas.

“Recuerdo que tenía cuatro ó cinco años cuando vi por primera vez “cuando el viento sopla” una visión muy hiriente sobre de el desastre de la guerra y sus consecuencias. Entonces comencé a darme cuento de lo que realmente supone esta, y tuve de pronto consciencia del dolor, el envejecimiento y la muerte -explica la artista-. Ponerme en la piel de tanta gente que ha sido tanto víctima como verdugo de la sinrazón y empatizar con todo ellos me suponer una rutina diaria. Hay cosas que no deseo que caigan en el olvido». Y las hace presente oníricamente veladas por una mitología propia. “Recreo momentos, enmascaro el dolor e invento un código de mensajes, como el casco del kamikaze, convertido ya en una de las tantas moradas derivadas que, tal vez, pueblan ahora su mente cuando no concilia el sueño.

Si, hay veces en que la criatura supera al creador, y las de Cristina Astilleros salvan sin esfuerzo las barreras de la materia inerte para habitar en un “Cielo de Nadie” que ya tiene inquilino

María Astilleros, 2009

Periodista cultural

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